domingo, 23 de septiembre de 2012

"El MEJOR OFICIO DEL MUNDO"

Echo un vistazo a otras entradas del blog y recuerdo la finalidad por la que creé este soporte: desahogarme, dejar por escrito mis inquietudes y dar a conocer hechos extraordinarios que llamasen mi atención. Lo creé hace un año, cuando me sumergí en el mar y llegué casi a tocar el fondo con la mano. Me encontré, entonces, con otra que me impulsó hacia arriba. En ese momento, decidí que quería hacer periodismo pero del bueno, solo aquel que merece ser llamado como tal. El de leer, viajar, hablar con la gente, escuchar sus historias y volcarlas al papel. Y hacerlo en mi tiempo libre cuando la obligación de ganarme el sustento diario me lo permitiese. Ahorrar y escaparme por el mundo. Llegue a la conclusión de que adoro el periodismo con fines sociales: elegir las historias que a mí me interesen, hablar con sus protagonistas, hacer un trabajo puro que no quede empañado por los intereses de un empresario/director que pasa ocho horas diarias sentado en una redacción de Madrid. Mi meta es conseguir un plan B, que aún no he diseñado, y soñar con las semanas que iría a conocer otras realidades para retratarlas con mi cámara y bolígrafo y, con ello, crecer personal y profesionalmente.

Adoro el “mejor oficio del mundo” desde que tengo uso de razón, desde que mi madre me enseñó a  devorar libros y mi padre consideraba, cada vez que le recitaba una de mis redacciones escolares, que no lo hacia nada mal. Aún recuerdo que, a la edad de 8 años, me preguntaron que quería ser de mayor y conteste firmemente: periodista. En sexto de primaria, una compañera trató de asustarme, al decirme que los periodistas eran osados y que, si algún día lo sería, tendría que ir a las casas de los etarras a entrevistarles. No logro que cambiase de opinión. Es, hasta la fecha, el amor de mi vida, por el que me levante, durante cuatro años, a las cinco de la mañana para recorrer cientos de kilómetros y llegar a la facultad.  Por el que me marche a Bruselas, recién licenciada, de un día para otro, sin mirar atrás y sin sopesar por un instante las consecuencias. A punto de subir al avión, con una maleta y un hostal frío y oscuro como destino inmediato, les dije a mis padres que no se preocupasen, que me iba hacer lo que más me gustaba.

El periodismo que se hace hoy en día en las redacciones está agonizando.  Antes de que comenzara la crisis, ya daba sus últimos coletazos. Lo hirió las ansias de protagonismo de los periodistas, su conformismo, el intrusismo, la ambición económica de los empresarios/directores, y la precariedad --¡maldita precariedad!-- que sufría la mayoría de los redactores. “El mejor oficio del mundo” fue marchitándose poco a poco y, con él, el prestigio de los informadores que solo querían transmitir y concienciar a la sociedad. Hay días, especialmente últimamente, que quiero dar un puñetazo sobre la mesa y olvidar el ejercicio habitual de la profesión. Después, ir al despacho del director a decirle: Usted trato de que odiará el periodismo pero no lo ha conseguido. Y no lo ha hecho porque existen otras personas menos conocidas que me inspiran cada día,  al arriesgar su vida para poner rostro a una injusticia.
                               

Dedicado a Diego Cobo, amigo y periodista, por la conversación de ayer, hoy y mañana. ¡Gracias!

domingo, 19 de agosto de 2012

A 2.000 KILÓMETROS DE MADRID

Una lluvia infinita de estrellas acompaña el camino. En ningún otro lugar había contemplado la Vía Láctea en todo su esplendor. Atrás quedan cerca de 2.000 kilómetros recorridos en coche, sin ataduras ni cinturón, con los pies descalzos sobre la guantera y los ojos entrecerrados por los reflejos del sol. El ruido de las ruedas sobre el asfalto y música en varias lenguas conforman la banda sonora del viaje. La llave para cruzar fronteras y conocer lugares nuevos es un pasaporte granate, desempolvado para la ocasión. El viaje comenzó años atrás con la lectura de ensayos y libros sobre un conflicto que surgió en la puerta de Europa y que volvió a poner en jaque al continente después de la terrible Segunda Guerra Mundial. De nuevo, los seres humanos volvieron a tomar las armas y dañar a sus semejantes con un propósito meramente político. La zona, rica en diversidad cultural y religiosa, quedó amenazada por las ansias de poder de un Estado, que sembró odio entre sus ciudadanos para que aniquilasen, torturasen y violasen a sus vecinos.

Ante estos hechos, los prejuicios siempre afloran, inducidos la mayoría de las veces por los medios de comunicación, y llevan a señalar con el dedo a un enemigo concreto. Por ello, es conveniente conocer los hechos y las personas para darse cuenta de que en una guerra, donde la ética pasa a un segundo plano, el límite entre la culpabilidad y la inocencia es bastante difuso.

Dos décadas después, algunos edificios de Bosnia guardan el sabor de las metrallas; mientras otros, en el suelo, tienen dificultades para volver a ponerse en pie. Los campos acogen cientos de minas que impiden su aprovechamiento y peligran el paso de los viandantes. Convivirán por mucho tiempo con la población, pues desalojarlas cuesta un importante esfuerzo económico, que la comunidad internacional no está, por ahora, dispuesta a realizar.

Con todo, las personas intentan salir adelante en un país en el que la tasa de paro ronda el 40 por ciento y cuya economía está centrada en la agricultura.  Bosniocroatas, musulmanes y serbiobosnios tratan de cerrar heridas lentamente, a pesar de que sigue en su recuerdo la dolorosa pérdida de un padre, tío o  amigo durante el conflicto. Las mujeres, por su parte, tratan de superar el drama de ser forzadas sexualmente durante la guerra por un motivo político. Los cementerios del país, situados a los pies de las carreteras y en el centro de ciudades y pueblos, recuerdan que la muerte no es un tema tabú y que forma parte del ciclo de la vida.

Católicos, musulmanes y ortodoxos no ponen, en ningún caso, trabas a los foráneos que se acercan a su tierra, cámara en mano, para retratar su realidad. Es más, abren sus puertas y ceden sus mejores asientos a los visitantes para conversar sobre la rutina de la vida mediante el lenguaje universal de los signos. En pleno Ramadán, los bosniacos invitan a café local, limonada o pastas, y dejan hacerse fotos, que después miran incrédulos con una sonrisa en la boca. 

Finalmente, despiden con la mano a extraños a los que, durante unos instantes, han ofrecido un pedazo de su vida sin esperar nada a cambio. La humildad de sus hogares, su ropa y manera de vivir recuerda que lo material tiene fecha de caducidad y que, para sentirse vivo y realizado, hay que descubrir la esencia de las personas y la naturaleza.

viernes, 20 de julio de 2012

MÁS QUE MIL PALABRAS

En las grandes ciudades, el tiempo vuela, las personas no tienen nombre ni casi tampoco rostro. Las historias individuales no tienen cabida, no existen las radiografías de sus vidas.No hay más lucha que la que hace uno mismo por sobrevivir, salvo en contadas ocasiones, en las que se juntan fotogramas parecidos. Dos imágenes en menos de veinticuatro horas me han despertado de mi letargo. La primera era la de muchos ciudadanos con distintas profesiones, castigados por los recortes, que clamaban al unísono justicia. También, jubilados, desempleados, trabajadores precarios o empresarios de todas las generaciones alzando la voz,  levantando las manos. Me llamó especialmente la atención una pancarta que decía que la desigualdad produce infelicidad. Desigualdad de recursos u oportunidades que producen ésto, por ejemplo, a un enfermo de sida con la mirada perdida que,  con una pancarta que sustituye a una voz cansada de tanta súplica y a un perro inquieto por más compañía, trata de sobrevivir desganadamente en una céntrica plaza madrileña.

domingo, 20 de mayo de 2012

UNA VELA APAGADA

El camino era largo y apenas acertaba a describir los lugares que iba vislumbrando con el paso de las horas. El sueño resistía a aparecerse. En cambio, una ligera anestesia de cansancio, fruto de numerosas horas entregada a una tarea mecánica, comenzaba a inundarla. No estuvo mucho tiempo en ese estado de enajenación, pues el autobús llegó a la estación subterránea y paró en seco. Su presencia allí,  la trasladó a años atrás, en los que desafiaba a las impertinencias nocturnas para emprender viajes diarios y furtivos que finalizaban en el aula de los sueños. Se alejó de aquella recepción de nómadas para recorrer calles, que fueron escenario de su infancia y adolescencia y que, en ese momento, estaban desérticas. La tarde se despidió y la lluvia la relevó en el puesto. Entraron en escena paraguas de todas las formas y colores. La lluvia tiene el poder de despertar hasta el más dormido de los sentimientos y, así, invocar tanto a la melancolía como a una locura frenética, poseída en los que comprenden en qué consiste el juego de la vida. Las gotas resonaban en el interior del coche sin impedir divisar el puerto con sus barcos que habían dejado de faenar hacía algunas horas. Su inconfundible gabardina roja cruzó como rayo el restaurante, situado al lado del palacio de la cultura, que siempre destacaba en las postales que compraba la gente en los quioscos del Paseo Pereda o en el discreto puesto al lado de la Magdalena que, además de estampas, vendía artilugios y molinos de viento. Las comensales intercambiaban miradas y sonrisas nerviosas durante su encuentro. La velada acabó con una tarta de chocolate,  que engulló hasta el último bocado y una vela que sopló, despidiendo su primer cuarto de siglo e implorando cientos de momentos como el vivido. El rincón quedó a oscuras y abandonó el lugar tan rápido como había entrado, a la vez que regalaba una de sus mejores sonrisas a las cómplices de la noche.

jueves, 10 de mayo de 2012

FORMA PARTE DEL BAILE

Siento el infierno en el asfalto que piso, sin embargo, sus males no logran embriagarme. El calor recorre mi cuerpo como mecha de cerilla pero, curiosamente, se apaga cuando el fuego llega a mis pies. Mis pasos son lentos pero certeros, pues mis pies están alineados y aunque uno de ellos quiera desmarcarse durante un rato vuelve con el tiempo a la par del otro. Los zapatos marcan huellas en las aceras de la gran manzana, que apenas son apreciadas por los viandantes cercanos. Me gusta andar de puntillas como solía hacerlo de pequeña, tal y como hacen las bailarinas, quienes levantan los brazos al máximo con el fin de coger a puñados las estrellas del firmamento. No siempre las recogen e, incluso, a veces, éstas caen a la faz de la tierra cuando los brazos tocan el suelo. Forma parte del baile. No tendría sentido de otra forma.

jueves, 19 de abril de 2012

SENTIDO DE LA EQUIDAD

Hay días en los que una amanece guerrera y quiere comerse el mundo en bocados gigantes. Abre las puertas de su casa y sale como cohete disparada hacía la calle. Las ganas de conseguir un mundo justo van impregnadas en su ropa.  Ya en el exterior, a tan solo unos pasos, da cuenta de personas que la miran fijamente a sus ojos, tal y como hacen las personas valientes y que no tienen nada que perder, suplicando empatía. La injusticia de un mundo, en el que la brecha entre ricos y pobres cada día es más grande, les ha llevado a buscar en la calle aliados y a valerse de destrezas con las que sumar un día más a sus vidas. Entonces, llega a su oficina, y se conecta a un mapamundi de informaciones de diversa índole, a la vez que intenta mostrar una actitud asertiva con la que alejarse de la agresividad, que genera el saber que el mundo está del revés. No hace falta desplazarse a otro país o continente para darse cuenta de que las cosas no funcionan correctamente. Basta con echar un vistazo a su alrededor para ver sillas vacías que, una vez, fueron ocupadas por personas comprometidas. No obstante, y a pesar de que no "corran buenos tiempos para los soñadores", siente más que nunca que la conciencia y el sentido de la justicia son las mejoras armas con la que recorrer un camino plagado de obstáculos. Sabe que esta filosofía de vida no es la más fácil, sin embargo, cree que es la más auténtica y, eso, es lo importante. 

domingo, 15 de abril de 2012

NO HAY DOS DOMINGOS IGUALES

El encanto del domingo radica en que sus primeras horas suelen robarse para acudir a guaridas que mantienen sus persianas bajadas entre semana o para intercambiar palabras e incluso confidencias con desconocidos, que aparecen y desaparecen en un pestañeo innato. Los noctámbulos suelen tener sus venas empapadas de un elixir que, en ocasiones, necesitan para dotarse de audacia y osadía, y para resistir hasta las primeras luces del alba, justo en el momento en el que el telón cae y la magia desaparece. El encanto del domingo radica en que amanece tarde y es opuesto a lo estipulado. Sus mañanas pueden ser aprovechadas para deambular por calles desérticas y desgastar las suelas de los zapatos; para adquirir baratijas en mercadillos abarrotados o para saludar a la vida con una cerveza en la mano. Muchos domingos son recordados porque, vestidos con pijama, zapatean por la casa con una resaca de bandera. El encanto del domingo radica en que guarda tiempo para disfrutar de una encantadora lectura o de una película apasionante bajo el amparo de una luz regada por una diminuta lampara. También, en que permiten, a final del día, una reflexión brillante con la que dilucidar las inquietudes que aparecen, de repente, en días ordinarios.