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miércoles, 19 de diciembre de 2012

EN DICIEMBRE

Diciembre es uno de los meses del año con estrella. Consigue que hasta el más escéptico del mundo quede atrapado por su magia. El último mes del año permite al individuo que obvie por un instante su presente y haga balance de sus 11 meses anteriores; además de que fije sus próximos techos para el año que apunta con el dedo. 

Es el mes de la infancia y las ilusiones. Las luces de colores alumbran los cielos sin firmamentos de ciudades industrializadas y polucionadas. Los centros comerciales acogen belenes de plástico y difunden villancicos encorsetados. Se quiere mantener las tradiciones, cueste lo que cueste. Los anuncios en la televisión muestran la paleta cromática completa a fin de llegar directo al espectador y conseguir sus objetivos primarios.

Diciembre abre paso a una estación en la que el frío es reinante e invade las calles de pueblos y ciudades. Numerosos pobladores tratan de huir de sus tentáculos en cajeros, en los que, precisamente, sus altos mandos han soltado la vorágine. También, durante esta fecha, se duplican aquellos que, por unos duros a fin de mes, apelan a la gente a mostrarse más solidaria mediante cuotas mensuales a favor de una organización no gubernamental. Y, los buenos deseos, en forma de chocolate o champán, también tienen su lugar en este momento. Toca deshojar el calendario, bailar el último tango ante el reloj, alzar las copas y olvidar para volver a comenzar.

domingo, 20 de mayo de 2012

UNA VELA APAGADA

El camino era largo y apenas acertaba a describir los lugares que iba vislumbrando con el paso de las horas. El sueño resistía a aparecerse. En cambio, una ligera anestesia de cansancio, fruto de numerosas horas entregada a una tarea mecánica, comenzaba a inundarla. No estuvo mucho tiempo en ese estado de enajenación, pues el autobús llegó a la estación subterránea y paró en seco. Su presencia allí,  la trasladó a años atrás, en los que desafiaba a las impertinencias nocturnas para emprender viajes diarios y furtivos que finalizaban en el aula de los sueños. Se alejó de aquella recepción de nómadas para recorrer calles, que fueron escenario de su infancia y adolescencia y que, en ese momento, estaban desérticas. La tarde se despidió y la lluvia la relevó en el puesto. Entraron en escena paraguas de todas las formas y colores. La lluvia tiene el poder de despertar hasta el más dormido de los sentimientos y, así, invocar tanto a la melancolía como a una locura frenética, poseída en los que comprenden en qué consiste el juego de la vida. Las gotas resonaban en el interior del coche sin impedir divisar el puerto con sus barcos que habían dejado de faenar hacía algunas horas. Su inconfundible gabardina roja cruzó como rayo el restaurante, situado al lado del palacio de la cultura, que siempre destacaba en las postales que compraba la gente en los quioscos del Paseo Pereda o en el discreto puesto al lado de la Magdalena que, además de estampas, vendía artilugios y molinos de viento. Las comensales intercambiaban miradas y sonrisas nerviosas durante su encuentro. La velada acabó con una tarta de chocolate,  que engulló hasta el último bocado y una vela que sopló, despidiendo su primer cuarto de siglo e implorando cientos de momentos como el vivido. El rincón quedó a oscuras y abandonó el lugar tan rápido como había entrado, a la vez que regalaba una de sus mejores sonrisas a las cómplices de la noche.