martes, 5 de febrero de 2013

RULOS DE COLORES Y CEPILLOS REDONDOS

Dudo unos instantes pero, al fin, empujo la puerta y entro. Busco con la mirada a alguien que pueda atenderme. Le localizo e interrumpe su quehacer para dedicarme unos segundos. Tras mi pegunta, mira mi cabello, al tiempo que pulsa con los dedos las teclas del ordenador. Finalmente, pronuncia en alto el precio de su trabajo ante lo cuál exclamo: ¡De acuerdo!. Saludo a la muchacha allí presente y me siento a hojear una revista, distrayéndome aun no prestando especial atención a los 'artículos' allí recogidos. 

De repente, irrumpe en el pequeño rincón en el que me encuentro una mujer con la que entablo conversación durante unos instantes. Le dejo claro mis deseos, que escucha impasiva. Retrocede y consulta al chico, quien da su visto bueno al acuerdo alcanzado mediante la palabra. Me relajo, mientras tinta mi pelo con el fin de recuperar un tono alegre, y dedico esos minutos a disfrutar de las vistas del lugar: rulos de colores perfectamente alineados en el segundo cajón empezando por abajo o cepillos redondos dispersados por el primero. 

La muchacha que me acompaña en el sillón contiguo deja secar sus mechas e intenta intercambiar palabra alguna con la mujer que lleva el pincel, quien acaba con todo atisbo de conversación. El único sonido de la sala son la respiración de las presentes y los '40 principales' que repasan los principales 'hits' de la semana. Al acabar su tarea, me conduce hacía el lavabo y, de ahí, de nuevo al espejo y sillón. La destreza con la que el chico maneja las tijeras no tiene definición. 

Mientras, observo discretamente a través de la cristalera la calle y su gente. Me gusta mi barrio, me recuerda al de mi ciudad: el que cruzaba de arriba a bajo cuando era niña con la barra de pan sin currusco en una mano y la bolsa de 'snacks' en la otra. 

Tras ello, me levanto y acudo al perchero a recoger mi abrigo y pañuelo. Me cobra y doy las gracias al 'equipo' por el trabajo. Volveré. Disfruto de algunos rayos de sol que engañan al invierno e imagino otros sábados alejada de lavadoras y trapos de colores. 

domingo, 20 de enero de 2013

DIFERENCIA HORARIA

Dos relojes de esfera redonda y perfectamente alineados ilustraban la pared de aquel local alborotado, al que habían prohibido la entrada al pesimismo. El primero marcaba la hora peninsular y, el segundo, iba atrasado con respecto al otro ---no es que sus agujas trabajasen menos, ni mucho menos, solamente recordaba en qué momento del día se encontrarían los compatriotas de los regentes del lugar--. Cientos de fotos sazonaban el ambiente, algunas para su gusto demasiado sugerentes por tratarse solamente de un 'restaurant', al tiempo que los instrumentos musicales se concentraban en explosionar sus mejores notas. Uno o dos cantantes acompañaban la melodía con letras manidas y alegría tácita. Los presentes, levantados cual resorte, buscaron cómplices espontáneos de la noche para desoxidar compases adquiridos o aprender a mover sus piernas de manera diferente a la que hacían habitualmente. Los colores vivos de la indumentaria  y decoración se mezclaban --allí, no cabía sitio para el negro, gris o azul oscuro-- y las gotas de los cócteles salpicaban de la misma manera que la lluvia fuera desafiaba a los callejeros de la noche. Soñó cómo sería subirse en un avión, caer en esa ciudad dorada en la que el tiempo se ha detenido, y comenzar a explorar esa isla que abraza al océano. 

domingo, 30 de diciembre de 2012

BALANCE LIBROS 2012


- La canción de Mbama (Javier Reverte) 7,5

- El temblor del héroe (Álvaro Pombo) 6,5

- Abundancia Roja: Sueño y Utopía en la URSS (Francis Spufford) 5,5

- La triología de Nueva York (Paul Auster) 7

- Un puente sobre el Drina (Ivo Andric) 6,5

- Las uvas de la ira (John Steinbeck) 9

- El amor en los tiempos del cólera (Gabriel García Márquez) 7

- Afganistán: Crónica de una Ficción (Mónica Bernabé) 9

- El decrecimiento explicado con sencillez (Carlos Taibo) 8

- Una forma de resistencia (Luis García Montero) 7

- El pueblo en la guerra: Testimonios de soldados en el frente de la Primera Guerra Mundial (Sofia Fedórchenko) 5,5

- Hotel Savoy (Joseph Roth) 7

- Marianela (Benito Pérez Gáldos) 8,5

- El camino (Miguel Delibes) 8

- Mil soles espléndidos (Khaled Hosseini) 7,5

- Mujeres en la India (Varios Autores) 7,5

- La insoportable levedad del ser (Milan Kundera) 6,5

- El viejo y el mar (Ernest Hemingway) 7

- De ratones y hombres (John Steinbeck) 8

- Días y noches de amor y guerra (Eduardo Galeano) 7

- Las venas abiertas de América Latina (Eduardo Galeano) En proceso


¿Qué lecturas nos deparará 2013? :-)

miércoles, 19 de diciembre de 2012

EN DICIEMBRE

Diciembre es uno de los meses del año con estrella. Consigue que hasta el más escéptico del mundo quede atrapado por su magia. El último mes del año permite al individuo que obvie por un instante su presente y haga balance de sus 11 meses anteriores; además de que fije sus próximos techos para el año que apunta con el dedo. 

Es el mes de la infancia y las ilusiones. Las luces de colores alumbran los cielos sin firmamentos de ciudades industrializadas y polucionadas. Los centros comerciales acogen belenes de plástico y difunden villancicos encorsetados. Se quiere mantener las tradiciones, cueste lo que cueste. Los anuncios en la televisión muestran la paleta cromática completa a fin de llegar directo al espectador y conseguir sus objetivos primarios.

Diciembre abre paso a una estación en la que el frío es reinante e invade las calles de pueblos y ciudades. Numerosos pobladores tratan de huir de sus tentáculos en cajeros, en los que, precisamente, sus altos mandos han soltado la vorágine. También, durante esta fecha, se duplican aquellos que, por unos duros a fin de mes, apelan a la gente a mostrarse más solidaria mediante cuotas mensuales a favor de una organización no gubernamental. Y, los buenos deseos, en forma de chocolate o champán, también tienen su lugar en este momento. Toca deshojar el calendario, bailar el último tango ante el reloj, alzar las copas y olvidar para volver a comenzar.

martes, 20 de noviembre de 2012

SENTIR CORRER LA SANGRE POR LAS VENAS

En ciertas ocasiones, uno tiene que notar correr la sangre por sus venas, sentirse vivo, ser capaz de sorprenderse. Entablar una conversación con un extraño; intercambiar expresiones con una persona de otro continente; recibir una llamada inesperada que reconfigure sus planes; beber y reír hasta que se le salten las lágrimas. 

Confieso que hace un par de años buscaba una cierta estabilidad: sentir mía una ciudad, conocerme (casi) todos sus rincones, poder recorrer muchos de sus caminos con los ojos cerrados, hacer de un barrio cualquiera, el mío. Tener un hogar y una silla/ordenador en el trabajo que llevasen tácitamente mi nombre. Esboce un plan y lo lleve a cabo. Más o menos, me ha salido bien. Pese a que esa especie de pequeña estabilidad, me proporciona --por decirlo de alguna manera-- algo de tranquilidad, a veces siento que la rutina le roba brillo a mis ojos. 

Últimamente, echo de menos sentir el bombardeo del corazón después de una llamada con la que se me comunicaba que en 15 días debería volar hacia un destino informativamente interesante o despedir a cómplices de juergas hasta altas horas de la madrugada en la 'Gran Manzana'. También confieso que me da un poco de pereza salir de ese guión establecido, que me aleja del sueño  de contar algún día cientos de anécdotas divertidas de mi estancia en muchos países del mundo. 

domingo, 4 de noviembre de 2012

EN OTRO ORDEN DE COSAS

Levantar los pesados párpados cada mañana es una complicada tarea de supervivencia para muchas personas hoy en día. Hacerlo supone destapar unos ojos abatidos y sin brillo que intentan enfocar un horizonte cada vez más difuso. Sus dueños dibujaron en su día el boceto de sus sueños en forma de amores, profesiones y vidas dignas. Una fuerte borrasca ha borrado el contenido de ese papel y, en su lugar, ha dejado un folio en blanco. Muchos de ellos intentan  hacer frente al temporal con el poco aprovisionamiento  emocional y material que les queda, y sueñan con repintar un mundo que el ser humano está haciendo cada vez más inhabitable. Este 'mal tiempo' está desnudando a muchas personas que integran la élite económica, empresarial y política del país y dejando entrever su miseria y ruindad. 

Sin embargo, la lección positiva es que, poco a poco, la mentalidad de los españoles está evolucionando, hasta tal punto que muchos han dado un giro de 360 grados a su escala de prioridades. Acabar una carrera universitaria --muchas veces estudiada sin un ápice de vocación--, encontrar un trabajo con un sueldo desorbitado con el que poder sufragar la ropa y los zapatos más caros del mercado;  el mejor coche, la hipoteca, los viajes a la Riviera Maya y la boda (por la Iglesia, tal y como manda la tradición) están siendo desplazados por llevar una vida improvisada y práctica en la que, en cambio, los amigos y la familia tienen especial protagonismo.

domingo, 23 de septiembre de 2012

"El MEJOR OFICIO DEL MUNDO"

Echo un vistazo a otras entradas del blog y recuerdo la finalidad por la que creé este soporte: desahogarme, dejar por escrito mis inquietudes y dar a conocer hechos extraordinarios que llamasen mi atención. Lo creé hace un año, cuando me sumergí en el mar y llegué casi a tocar el fondo con la mano. Me encontré, entonces, con otra que me impulsó hacia arriba. En ese momento, decidí que quería hacer periodismo pero del bueno, solo aquel que merece ser llamado como tal. El de leer, viajar, hablar con la gente, escuchar sus historias y volcarlas al papel. Y hacerlo en mi tiempo libre cuando la obligación de ganarme el sustento diario me lo permitiese. Ahorrar y escaparme por el mundo. Llegue a la conclusión de que adoro el periodismo con fines sociales: elegir las historias que a mí me interesen, hablar con sus protagonistas, hacer un trabajo puro que no quede empañado por los intereses de un empresario/director que pasa ocho horas diarias sentado en una redacción de Madrid. Mi meta es conseguir un plan B, que aún no he diseñado, y soñar con las semanas que iría a conocer otras realidades para retratarlas con mi cámara y bolígrafo y, con ello, crecer personal y profesionalmente.

Adoro el “mejor oficio del mundo” desde que tengo uso de razón, desde que mi madre me enseñó a  devorar libros y mi padre consideraba, cada vez que le recitaba una de mis redacciones escolares, que no lo hacia nada mal. Aún recuerdo que, a la edad de 8 años, me preguntaron que quería ser de mayor y conteste firmemente: periodista. En sexto de primaria, una compañera trató de asustarme, al decirme que los periodistas eran osados y que, si algún día lo sería, tendría que ir a las casas de los etarras a entrevistarles. No logro que cambiase de opinión. Es, hasta la fecha, el amor de mi vida, por el que me levante, durante cuatro años, a las cinco de la mañana para recorrer cientos de kilómetros y llegar a la facultad.  Por el que me marche a Bruselas, recién licenciada, de un día para otro, sin mirar atrás y sin sopesar por un instante las consecuencias. A punto de subir al avión, con una maleta y un hostal frío y oscuro como destino inmediato, les dije a mis padres que no se preocupasen, que me iba hacer lo que más me gustaba.

El periodismo que se hace hoy en día en las redacciones está agonizando.  Antes de que comenzara la crisis, ya daba sus últimos coletazos. Lo hirió las ansias de protagonismo de los periodistas, su conformismo, el intrusismo, la ambición económica de los empresarios/directores, y la precariedad --¡maldita precariedad!-- que sufría la mayoría de los redactores. “El mejor oficio del mundo” fue marchitándose poco a poco y, con él, el prestigio de los informadores que solo querían transmitir y concienciar a la sociedad. Hay días, especialmente últimamente, que quiero dar un puñetazo sobre la mesa y olvidar el ejercicio habitual de la profesión. Después, ir al despacho del director a decirle: Usted trato de que odiará el periodismo pero no lo ha conseguido. Y no lo ha hecho porque existen otras personas menos conocidas que me inspiran cada día,  al arriesgar su vida para poner rostro a una injusticia.
                               

Dedicado a Diego Cobo, amigo y periodista, por la conversación de ayer, hoy y mañana. ¡Gracias!